No era un día muy agradable para salir. Pero tenía que hacerlo. Aquí nunca sabes lo que puede ocurrir.
Aquí todo es improvisación.
Me puse mi abrigo nuevo. Y los zapatos marrones. Preparé café y me lo llevé.
Cuando salí a la calle, todo estaba calmado, salía el sol y sobraba el abrigo.
Pero cuando estaba llegando comenzó a diluviar. No me importó, me gusta la lluvia. Pese a llevar los zapatos marrones seguí andando y, como siempre, cantando. Hubo un momento en el que no distinguía entre realidad o lo que imaginaba. No estaba en la ducha. El cigarrillo estaba empapado. Tuve que buscar un lugar libre donde refugiarme. Y allí estabas tú ¿Cómo es posible que con tanto distancia de por medio te encuentre en cada esquina?
Maldije la lluvia y a los refugios. Maldije a la casualidad. Y sin querer, dejé de cantar mi canción de lluvia y sonó otra melodía. En castellano. Empecé a imaginarte.
Imaginé lo que sería tenerte aquí. A milímetros de mí, en aquel refugio. Calentándonos.
Dejando que nuestros labios se besen mientras las gotas de agua resbalan por nuestros fríos rostros.







