viernes, 13 de abril de 2012

La verdad habla sola.

                                                              

No era un día muy agradable para salir. Pero tenía que hacerlo. Aquí nunca sabes lo que puede ocurrir. 
Aquí todo es improvisación. 
Me puse mi abrigo nuevo. Y los zapatos marrones. Preparé café y me lo llevé. 
Cuando salí a la calle, todo estaba calmado, salía el sol y sobraba el abrigo. 
Pero cuando estaba llegando comenzó a diluviar. No me importó, me gusta la lluvia. Pese a llevar los zapatos marrones seguí andando y, como siempre, cantando. Hubo un momento en el que no distinguía entre realidad o lo que imaginaba. No estaba en la ducha. El cigarrillo estaba empapado. Tuve que buscar un lugar libre donde refugiarme. Y allí estabas tú ¿Cómo es posible que con tanto distancia de por medio te encuentre en cada esquina? 
Maldije la lluvia y a los refugios. Maldije a la casualidad. Y sin querer, dejé de cantar mi canción de lluvia y sonó otra melodía. En castellano. Empecé a imaginarte. 
Imaginé lo que sería tenerte aquí. A milímetros de mí, en aquel refugio. Calentándonos. 
Dejando que nuestros labios se besen mientras las gotas de agua resbalan por nuestros fríos rostros. 

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